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Colaboración literaria de Emiliano Vallejos

“Marcelino, Marcelino,

Que haces daño y tomas vino”.

Marcelino era un joven de una importante familia nobiliaria. El mayor esfuerzo que había realizado en su vida, había sido el de respirar por primera vez  cuando nació. Suena despectivo, pero es  la verdad. Sus días pasaban entre borracheras y mujeres. En las peleas de taberna, cuando iba perdiendo, clamaba por ayuda a los esbirros de su padre, que lo protegían. Bastaba que Marcelino chasqueara los dedos, para que alguien le entregara el mundo por el solo hecho de ser él. ¿Qué clase de respeto hacia el prójimo y culto a la responsabilidad podía tener un personaje así? Ninguno.

Su padre había encomendado a un experto en esgrima enseñarle las artes del manejo de la espada, pero éste llegaba ebrio, o directamente no asistía a las clases. Estaba acostumbrado a que una espada apareciera de la nada y ensartara de una estocada, a quien le planteara un antagonismo ¿Para qué hacer algo que alguien realizará por mí? Era su lógica. Marcelino era un dolor de cabeza para su familia.

Intentaron darle la gestión de asuntos familiares y terminó dilapidando grandes sumas de dinero y bienes. Al joven le gustaba jugar a las cartas. Su padre, harto de la situación, creyó conveniente que, al menos, su hijo le sirviera para lograr alianzas con una familia de mejor posición, casando a Marcelino con la hija de éstos.  Acostumbrado a tomar cosas sin permiso, el joven intentó propasarse con la muchacha, generando un escándalo total en la comarca.

Tras aquel aberrante accionar, una  sombra amenazante se erigía ante la familia de Marcelino. Su padre, tomando cartas en el asunto, expulsó de la casa al muchacho, y el joven, se vio obligado a huir de la ciudad, ante la intensa búsqueda que se desató sobre él por aquella afrenta cometida. Por primera  vez en su vida, Marcelino, se veía obligado, a  valerse por sí mismo.

Las dificultades de un inútil despreciable:

Marcelino empezó a caminar. Llevaba un saco con su fina ropa, digna de un miembro de la nobleza. “Un señor de mi alcurnia no debe andar de harapos”, solía repetir. Atada al cuello, una bolsa con monedas, bastante pesada. Se la había dado su padre, deseándole las mejores de las suertes a aquella calamidad hecha ser humano.

En un cruce de caminos, el joven se sentó a maldecir su suerte. No podía concebir que le haya pasado semejante cosa ¡justo a  él! que era una importante personalidad de la ciudad. Tras unos matorrales, escuchaba Varos, “el gitano”, un timador de los caminos, que encontró su oportunidad.

Buenos días, gran señor ¿qué hace una importante presencia en estos sucios caminos, entre tanta gentuza despreciable?”, interrogó el gitano a Marcelino. “¡Oh! si supiera, el destrato al que me han sometido….” El inocente Marcelino, compartió su distorsionada versión de la realidad y una  despreciable justificación de sus actos. “Lo más preocupante, mi señor, es ¿de qué va a vivir ahora que lo han expulsado de su legítimo lugar de pertenencia?, interrogo el timador.

No lo sé. Aborrezco las tareas manuales. Esperaré a que mi padre entre en razón, y deje de creerle a aquella zorra”. Respondió el despreciable noble venido a menos.

Tengo algo para usted, digno de su alcurnia. Un elemento maravilloso, gracias al cual, nunca tendrá que trabajar. Me lo dio un viajero, venido desde muy lejos. Una maravillosa caja de madera, mágica. Como soy un simple gitano, no funciona para mí. Si usted coloca una piedra dentro de ella, y espera tres días, la sacará convertida en oro. Como usted es de sangre noble, le será de mucha utilidad. Lamento mi condición de impuro plebeyo errante, ¡Qué gran porvenir hubiera tenido, si no fuera un hijo bastardo de una tribu sin tierras, un caminante sin hogar!... imagínese ¡CREAR ORO EN SOLO TRES DIAS!!!!... sólo le pediré, para poder continuar mi penoso viaje por esta comarca, esa pequeña bolsa de monedas que cuelga de su cuello… total, usted en tres días, tendrá todo el oro que quiera, en cambio yo, quizás un poco de sosiego en alguna taberna con unas cuantas monedas….

Marcelino, maravillado con la caja, entregó la bolsa al gitano. Y puso una piedra en el interior de la caja. Y sentado en aquel cruce de caminos, esperó tres días. Al abrir la caja, encontró, la misma piedra, que había levantado del camino. Pensó en perseguir al maldito gitano, pero… habían pasado 3 días. Ya debía estar en una distancia que, a pié, era inalcanzable.

Marcelino, angustiado, comenzó a vagar. Y encontró un lago. Donde una hermosa joven campesina, de larga y roja cabellera lavaba algunas prendas en la orilla. Acostumbrado a tener todo lo que quería en este mundo, inmediatamente, se acercó a ella, con las más perversas intenciones.

Oh, gran señor, espere… qué gran honor para mí complacerlo, pero… nademos un rato primero…” le dijo aquella preciosa joven. Marcelino se quitó su ropa y se arrojó inmediatamente en aquel espejo de agua. Al buscar con la mirada a la joven, pudo ver como esta se alejaba corriendo, muñida de su bolsa, con sus finas prendas de seda… quedando completamente solo y desnudo.

Maldiciendo, a los gritos, no hallaba consuelo. De golpe, de la nada misma, apareció la figura de un hombre vestido con finas ropas, que lo miraba, con una sonrisa burlona desde la orilla. “Salga de ahí, vine a verlo. Anda necesitando hablar conmigo”. Le dijo. “Quién es usted?” preguntó el joven.

Me conocen por muchos nombres. En esta parte del mundo, me dicen el diablo. Eres un imbécil. Torpe. Malvado, sí. Pero torpe. A un punto desesperante. No sirves para nada. Nada sabes hacer. Te daré ropas, y un oficio. Y anunciarás mi llegada. Ese, será tu trabajo”.

Marcelino se halló, seco. Fuera del agua. Vestido con ropas de seda,  un harpa (*), y una voz angelical. Satanás, lo había convertido en un bardo (**). Para anunciar su llegada. Estaba maravillado con su nuevo empleo. Tocaba el harpa con una sensibilidad digna de un genio. Su voz, era la de un gorrión en primavera. El joven bardo, comenzó a vagar por la comarca, de pueblo en pueblo. Conquistando mujeres con su cantar angelical, y cautivando a importantes señores con su pericia a la hora de ejecutar su instrumento musical.

 Acostumbrado el muchacho, a resaltar su importancia y posición social, en sus composiciones musicales remarcaba que era amigo del ángel caído, y que éste le había dado una importante misión que cumplir. Y por supuesto, todos debían arrodillarse ante él en su carácter de enviado de Satán, y alabar su hermosa voz. Básicamente ese era el mensaje de sus canciones.

Además, por supuesto, de mechar entre tanta “autoreferencia”, que  el diablo tenía como plan apoderarse de la humanidad, y que su venida era inminente ¡Ah! y que se cuidaran de no hacerle caso a él, porque Satán era su amigo…

Marcelino estaba armando tal revuelo en aquellas tierras, que los nobles y la iglesia decidieron tomar cartas en el asunto. ¿Quién era ese loco que hablaba de su poder y de Satanás, y que maravillaba a todos los que lo escuchaban?... un hereje, sin dudas, un hereje, al que las llamas, deberían purificar…

El juicio a Marcelino fue quizás, el más rápido que se ofició en aquel lugar. Básicamente el muchacho exigió ser liberado y que el inquisidor se arrodillara ante él, so pena de arder en las llamas del infierno, ya que el mismísimo Satanás vendría a defenderlo.

De mas esta decir, que nadie se apersono a encarar la defensa del imputado. Marcelino no perdía las esperanzas, mientras era atado a un tronco, e iban preparando la gran fogata. Miraba entre la muchedumbre para ver donde estaba su mentor. Aquel hombre de finas ropas de seda, que lo había rescatado de su desdicha en el río, luego de ser víctima de tantos atropellos a su alcurnia. Nada. Su “amigo” brillaba por su ausencia.

El joven amenazaba a todos. “Ya viene por mí, y arderán en el infierno”. El vendrá y conquistara la tierra y ustedes habrán de obedecerme. El público allí presente atestigua que nunca habían visto a alguien decir tantas estupideces, a la hora de morir calcinado. El bardo de Satanás, maldijo a todos hasta que fue consumido por las llamas de la purificación.

Al ser amigo de Satanás, no fue recibido en el cielo. Al llegar a las puertas del infierno, se le entrego una nota en mano, diciendo: “IDIOTA. DEBIAS ANUNCIAR MI LLEGADA. NO REVELAR TODOS MIS PLANES A LA HUMANIDAD. NO ERES BIENVENIDO”.

Cuentan los viajeros del camino, que se suele ver, en fechas cercanas al juicio del bardo de Satán, un espíritu burlón, desagradable, que muñido de un harpa, canta a viva voz, lo grande que es, y que todos deben arrodillarse ante él, esto siempre por las noches.  Los viajeros sabios y valientes, optan por seguir de largo y no escuchar, a ese estúpido fantasma, rechazado en el cielo y el infierno, condenado a vagar por el camino y a cantar todo tipo de sandeces.

 

  • Nota de la Redacción: (*) El harpa eolia o harpa eólica es un antiguo instrumento musical de cuerda similar a la cítara, con un número variable de cuerdas (de seis a ocho) de igual longitud y diferente grosor, que se hacían sonar al roce de una corriente de aire.

(**) Un bardo, era la persona encargada de transmitir las historias, las leyendas y poemas de forma oral además de cantar la historia de sus pueblos en largos poemas recitativos.

 

 

 

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La Cooperativa Devenir Proyecto, productora de contenidos artísticos nacida en José León Suárez, organiza un ciclo de conciertos para celebrar los treinta años con la música de Mauge Manigot. La artista iniciará su recorrido escénico presentando el espectáculo “Música e poesía do Brasil”, con el que se ha presentado en diversos escenarios de la escena porteña y metropolitana junto a prestigiosos músicos de la talla de Broder Bastos y Mintcho Garrammone.

La cita es el viernes 20 de octubre, a las 21 horas, en la Fundación El Centro, Manzanares 2600, barrio de Saavedra, Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA). Se trata de un show temático que incluye la participación de artistas invitados y un recorrido por los diversos ritmos brasileños, destacando la poesía de grandes clásicos del repertorio popular y recitando los versos de cantautores como Caetano Veloso y Francisco “Chico” Buarque de Hollanda en castellano, para que el público pueda disfrutar la obra en su totalidad. Un repertorio que va de lo intimista a lo festivo e incluye géneros como la bossa-nova, samba, samba-canção, xote y más. 

A partir de su experiencia en la investigación y divulgación de la cultura brasileña, Mauge Manigot crea este espectáculo, con el que se presenta a partir de la década del 2000 en el Festival de Bossa Nova en Buenos Aires, en el Anfiteatro Eva Perón, el Hipódromo de Palermo, Cine Teatro Helios en El Palomar, Teatro Municipal de Morón y el Ciclo Brasil de Notorious, entre otros.

Durante el año 2022 el proyecto produce y participa en el festival “Canto por la Vida y la Esperanza”, con el apoyo del Ministerio de Cultura de la Nación y el Mercado de Industrias Culturales Argentinas (MICA), presentándose en el Espacio Memoria ex ESMA y el Paseo Cultural Federico García Lorca, en articulación con la Asociación Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. 

Música e Poesía do Brasil trae una relectura profunda y sensible del repertorio popular brasileño, atravesada por el exilio y la crianza de Mauge en el país vecino durante la última dictadura cívico-militar argentina. Este trabajo sostenido de recopilación e interpretación ha llevado el espectáculo a la propia Embajada de Brasil. Allí se realizó en el año 2011 un encuentro de argentinos exiliados en el país vecino durante la dictadura, organizado por referentes políticos y culturales entre los que se destacó el artista visual León Ferrari.

La tarea multiplicadora de esta artista no se agota en la divulgación, ya que Mauge se desempeña como docente en la Orquesta Estable de Radio Reconquista, formación musical juvenil del barrio de Villa Hidalgo. Mauge llegó a esta experiencia comunitaria, a través de la materia “Prácticas Territoriales” de la Tecnicatura en Música Popular de la Universidad Nacional de La Plata, la Asociación Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora y la Fundación Música Esperanza.

Esta carrera se dicta en la Escuela Popular de Música que funciona en el Espacio Memoria ex Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), formando artistas con un perfil comunitario y orientado a la transformación social a través del arte. Los invitamos a disfrutar de una cena show íntima y exclusiva, que nos acercará la mejor música y poesía del Brasil.

 

Nota de la Redacción: Las entradas se pueden adquirir entradas a través de Instagram www.instagram.com/maugemanigot o vía correo electrónico Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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Colaboración literaria de Emiliano Vallejos

Los altos mandos de las fuerzas de paz de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), recomendaron a la población mantener las luces apagadas durante la noche, por temor a los bombardeos y al fuego de artillería de los rebeldes. A pesar de eso, y de una ciudad entre ruinas y penumbras, las luces del “Hotel Beirut” se encontraban encendidas, y con su capacidad de hospedaje colmada de reporteros internacionales. Un golpeteo de máquinas de escribir se escuchaba día y noche. Hombres y mujeres de todo el mundo contaban los violentos sucesos de la guerra, una más, de todas las que el hombre ha librado en su corta historia en la tierra.

John Callaghan, escribía con la pericia de un gran pianista, en su máquina de escribir. Reportero estrella de un prestigioso diario británico, se hospedaba en la habitación de enfrente a su archienemigo francés, el Periodista del Observador de París, Renee Moraine. Se odiaban. Todo comenzó cuando cubrían la retirada de los franceses de Indochina años atrás, y para ganar una primicia, Mr. Callaghan encerró a Moraine en un ropero, donde lamentablemente, moraban cientos de cucarachas. Renee tenía claustrofobia, y un terror incontrolable a dichos insectos.

El reportero galo no se quedaba atrás con su incesante tipeo. Fumaba un habano mientras relataba:

Ad Rashaddah, la antigua joya del oriente, una pujante metrópolis que supo reunir tesoros arquitectónicos del mundo árabe, y las comodidades de cualquier capital europea, hoy se encuentra en ruinas, y sitiada por los rebeldes del Sultán Abdul Khazem. El fuego de artillería, se escucha en los barrios periféricos de la ciudad, y según altos mandos del cuerpo de paz de las Naciones Unidas, es cuestión de horas para que el gobierno central, de por perdido el enclave. Por la mañana, una multitud de mujeres, niños y ancianos se congregaban en una fila humana interminable, entre los vehiculos armados de la ONU, que garantizaron el corredor humanitario ante el breve alto el fuego pactado entre las fuerzas beligerantes. El panorama es apocalíptico, y el terror a que los rebeldes finalmente se hagan con el control abre el interrogante de cuánto vale la vida humana, y el derecho internacional, en un contexto de violencia irracional y venganza que desangra esta parte del mundo”. Una repentina explosión interrumpió el relato. Karim, un joven empleado del hotel, abrió la puerta de su habitación sin siquiera golpear, y le dijo en un tosco idioma francés: “hay que bajar al sótano, están bombardeando cada vez más cerca, eso dicen los soldados”. Moraine no iba a meterse en ese oscuro lugar. Y menos con reporteros de la competencia. “Aquí me quedaré”, dijo con toda calma, para luego retomar su habano, y la escritura. Las máquinas de escribir cesaron el ruido, todos los periodistas habían ido a ponerse a resguardo en el sótano. Renee, sonrió de placer, como ese jugador que tiene las cartas de la victoria. Solo él, estaba trabajando. Otra bomba cercana hizo temblar todo a su alrededor. “Necesito terminar mi reporte”, pensó, ya considerando un poco más el peligro. Una nueva explosión destruyó los vidrios de su ventanal, y las esquirlas de vidrio y concreto, lastimaron su cuerpo, aterrado, Moraine observó en su habilitación un placard de puertas verdes, con un antiguo póster, donde un camello guiñaba su ojo izquierdo, con una inscripción que decía “La magia comienza aqui”, “Maldición.... otro ropero lleno de bichos”, pensó, y juntando todo el coraje que pudo, corrió a resguardarse en su interior.

Lo que encontró allí dentro distaba mucho de aquel ropero indochino. No entendía por qué ante él había, un oasis en pleno desierto, con un lago paradisiaco, frondosa vegetación, y sonrientes lugareños que lo invitaban, en un idioma que nunca había escuchado, pero que entendía perfectamente, a sentarse y degustar sabrosos manjares en una larga mesa, y en la cabecera de la misma, en forma inexplicable, sentado como un patriarca, un camello, como el del póster, que le guiñaba su ojo izquierdo. “Debo estar soñando”, pensó, aunque invadido de una extraña felicidad.

Mr. Callaghan tampoco la pasó bien en el sótano del Hotel. Tras su labor como reportero en la zona de conflicto en “la caída de la ciudad de Ad Rasshaddah”, recibió un premio “Pulitzer” el cual en un sentido discurso, dedicó a quien decía admirar profundamente, Renee Moraine, a quien los rescatistas de la Cruz Roja dieron por perdido en los escombros del Hotel Beirut.

 

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Hoy presentamos una nueva colaboración literaria de Emiliano Vallejos, que nos recuerda que, a veces, como los buenos investigadores, debemos desconfiar de lo que se nos presenta como evidente...

Antonius, volvía de las cruzadas. Era un formidable caballero de Cristo, que retornaba del santo sepulcro a su terruño en Bavaria. Tras cinco años ausente, el camino no parecía aquel que recordaba. Sus ojos cansados, habían pasado de los áridos paisajes del desierto, a las nieves de las montañas, y la soledad de los bosques. Sus oídos se habían llenado de idiomas que no entendía. Sus manos, se tiñeron de rojo, por la sangre de incontables personas, con las que no había interactuado nunca, en su vida, más que en combate.

Hacía un rato largo, No sabía cuanto, Que cabalgaba en soledad por un camino que lo adentraba mas en un espeso bosque que no recordaba que estuviese allí cuando partió a tierra Santa. Ciertamente, recordaba bastante poco. Como si esos cinco años hubieran borrado todo lo que su mente tenía guardado. Era confuso. Todo. El paisaje, los pensamientos...

Ese entorno lo hizo dudar de su sano juicio “¿estaré volviéndome loco?”, se llegó a preguntar “¿será esto un sueño?¿Por qué no conozco este camino? ¿este bosque?” ... De repente, divisó un cartel de madera tallada, que, al costado del camino, anunciaba que más adelante había una aldea o poblado: “Sünderheim”. Que extraño nombre, pensó.

Al adentrarse en el mismo, y a pesar de estar acostumbrado a las más sangrientas y brutales escenas, se horrorizó al ver a la muerte por doquier. La peste, había golpeado en forma letal aquel pequeño poblado. Los cadáveres de hombres, mujeres y niños inundaban las calles. En las casas, familias enteras, sentadas en la mesa, yacían inertes. También los cuerpos de los desgraciados, adornaban un pequeño mercado.

En medio del siniestro espectáculo, Antonius pudo ver sentada en una piedra, con un rostro sereno, una niña, muy pequeña, lo miraba. Vestía de negro, y tenía una tez blanca como una nube, y un rizado cabello rubio. “Solo un ángel, tiene ese aspecto”, pensó Antonius.

La pequeña no hablaba. No decía quien era, ni si sus padres murieron allí. Tampoco expresaba si tenía hambre o frío. No contestaba pregunta alguna. Se limitaba a mirar a su interlocutor con sus ojos celestes, como el más despejado de los cielos, y conservaba su expresión de paz. Paz que contagiaba al cruzado. “Solo un ángel, puede tener este aspecto”, se volvió a repetir a si mismo.

Antonius, conmovido por su nueva, pequeña y frágil compañía, resolvió que ésta iría con el. La tomó en sus brazos y cuando estaba por subirla a su caballo, escucho el inequívoco sonido de las tablillas de San Lázaro...No muy lejos de ellos, un leproso cubierto de vendajes sucios y sangrantes, los observaba. “¡Fuera de aquí, seguro hiciste todo esto!” le gritó. El enfermo no se movió. “¡Fuera de aquí!, o te juro que...!

Un recuerdo se instaló en la mente de Antonius: Al desenvainar su espada, y ver la herrumbre en ella, recordó su promesa de no volver a matar. Imágenes de carnicerías humanas, en las que había participado en nombre de Dios, lo frenaron. Guardó su espada. Y gritó: “Llévate tu pestilencia a otro lado. Ya hiciste demasiado daño aquí”.

El leproso levanto su mano, y señaló a la niña. El cruzado, indignado, exclamó: “¡Basura... viniste por ella, la que te faltaba... pues no, no te la daré!”. Alzó nuevamente a la pequeña, y a caballo comenzaron a huir por el camino del bosque. Tras unas horas de marcha, Antonius diviso un cartel que anunciaba, la cercanía de un poblado: “Freudeheim”.

EL lugar, era sin duda maravilloso. Las casas adornadas con flores. En las calles, los atentos pobladores lo saludaban, y mostraban sus respetos ante un soldado de Cristo. “Freudeheim, este lugar, me gusta”, pensó Antonius. La amabilidad de los residentes era enorme. Le brindaban hospedaje gratuito para él y la niña. Cuidarían de su caballo y hasta un herrero se ofreció para arreglar todo su equipamiento ¡a cambio de nada!

Antonius miró a la niñita, que seguía sin hablar, con su rostro sereno, y le dijo: “Eres un ángel. Solo un ángel puede tener tu cara. Solo un ángel puede invadirme de tanta paz. Solo un ángel, puede, atraer la dicha como la que nos trajiste, cuando llegamos aquí.” La pequeña, mirándolo fijamente con sus ojos azules, como el más despejado de los cielos, por primera vez, le sonrió.

En el pueblo, los grandes cocinaban, y aprontaban los preparativos para un festival. Los jóvenes alardeaban frente a las muchachas, que adornaban sus peinados con flores del bosque. No estaba muy claro el motivo del festejo, pero la alegría era palpable... Esa noche, la niña y el cruzado asistieron al evento, y se mezclaron entre la algarabía, sonaba la música, y el festín gastronómico daba felicidad a los más glotones.

Antonius amaneció con un importante dolor de cabeza. Su alrededor aún se movía como una barca en altamar. Fue a ver a la niña, quien dormía placidamente en su lecho. Sediento, salió de su habitación dirigiéndose al aljibe, y en el trayecto, su corazón se paró del horror.

Otra vez, la peste. Aquellos gentiles aldeanos que los habían cobijado la noche anterior, con quienes compartieron la algarabía de aquella fiesta, yacían muertos, con negros bubones putrefactos invadiendo sus cuerpos. Mujeres, niños, ancianos, jóvenes y viejos ¡todos estaban muertos! Los cuervos y demás alimañas carroñeras estaban festejando ahora.

Se percato de que, a unos metros suyos, una figura siniestra lo vigilaba: el leproso. “Ese maldito y asqueroso leproso”, pensó. “¡Satanás, mira lo que hiciste! ¿por qué los mataste a todos?” Por primera vez, el leproso le habló: “La niña”, dijo, con una voz más que tenebrosa. “Jamás te dejare que le hagas daño”, le respondió el cruzado, quien corrió hacia su morada, tomó a la pequeña en brazos, y huyó nuevamente a caballo, tomando el camino del bosque. La cabalgata duró unas horas. El animal exhausto, se negó a continuar la marcha.

Antonius, también cansado, comenzó a sentirse incómodo. Picazón y dolores en el cuerpo, tos, y una evidente suba de temperatura corporal. También veía algo borroso. Sin dudas era el momento de parar. Ató su caballo en un árbol al cual bordeaba un tierno pastizal. Mientras, la pequeña niña rubia, lo miraba, con sus ojos azules, como el mas despejado de los cielos, sentada en una piedra.

El cruzado, ya vencido por la fiebre, se recostó contra el tronco de un árbol, y a la sombra de este, y mirando a la pequeña, invadido de paz y tranquilidad iba cerrando sus ojos, mientras, la enfermedad se iba apoderando de su cuerpo. Súbitamente sintió como alguien lo abofeteó. Y con las pocas fuerzas que le quedaban, abrió sus ojos, y pudo ver, arrodillado ante si, a aquel siniestro leproso, que lo seguía.

Eres la muerte. Vienes por mí”, le dijo Antonius. “No hijo. No soy la muerte”, replicó el Leproso. “Soy un ángel, y quise advertirte. Llevas a la peste en tus brazos, como si fuera tu hija, desde Sünderheim”. Aquel sucio y siniestro leproso, le señaló a la niña, quien, sentada en una piedra, mirándolo, con sus ojos azules, como el más despejado de los cielos, sonreía, y por primera y única vez dijo: “¡Adiós!”. De repente todo era oscuridad. Antonius se apagó para siempre, recostado a la sombra de un árbol del camino de aquel bosque, que no recordaba haber visto nunca en su vida.

 

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Colaboración literaria de Emiliano Vallejos

Nadie va a extrañar a ese tipo. Su aspecto desgarbado, su prominente joroba, y ese caos capilar en las regiones de su cabeza donde, aún, no había ganado la alopecia. Según las mujeres, olía mal. Para los hombres, “es mufa”. Y esa mirada fija, “de asesino serial”, que incomodaba a todos en aquella repartición pública. Por fin, habían echado a Ordoñez.

Esto es un asco”, comentaba la joven empleada que había heredado la Lexicon 80 del cesanteado personaje, cuyas teclas estaban pegajosas de suciedad, “¿Cómo hacia ese tipo para escribir con la maquina así?”, consultaba al resto.  Ya no nos va a contar sus brujerías, ¡qué suerte!”, exclamaba otro. Claro, Ordoñez, con una chirriante voz, similar a la bisagra de una puerta sin aceitar, solía, sin que nadie se lo pida, hablar sobre ocultismo, rituales extraños, y un viaje a una aldea del Brasil profundo, que había realizado en su juventud, para iniciarse en vaya a saber qué cosa rara.

Es preferible prender fuego el despacho y que se purifique todo, ¡que mugre!”, comentaban por allí. “Encima un desubicado, ¿quién le dijo que tenía chances conmigo?”, se preguntaba indignada una despampanante rubia con más curvas que las rutas misioneras. Ella supo reírsele en la cara, cuando Ordoñez se le declaró con un ramo de calas... “¿Podés creer que el ENFERMO, me trajo CALAS, como a los muertos?”, completaba el relato, y una carcajada generalizada invadía aquella oficina.

Los días y el recuerdo -además del hedor del despacho en desuso- se fueron disipando. Ordoñez, ya no era tema de charla, paulatinamente fue reemplazado sobre si era conveniente un Renault 12, para una familia en proceso de agrandarse, o sucumbir a los encantos de una Coupé Taunus roja, el monólogo de Tato Bores de los domingos por la noche, cambios de pareja, o lo buena que estaba la pasante que mandaron de otro ministerio.

Hacía muy poco que Rubén estaba en aquella oficina. Era su primer empleo. Era eso, o estudiar, y la verdad es que los libros no le gustaban. No le molestaba llevar y traer expedientes de un piso al otro. Los jefes estaban contentos con él, porque era rápido. Antes, dicen, había uno que era un personaje inútil y bastante siniestro. Pero eso ya no importaba, ahora, estaba él.

Como en todo lugar de trabajo, la cocina o área de descanso de los empleados cumple un rol fundamental. Reuniones informales que podrían derrocar imperios, se desarrollan en espacios similares, con un actor de reparto fundamental, el café.

Una mañana el joven Rubén, trasnochado por sus aventuras juveniles, se dispuso a preparar la cafetera que había llegado de regalo ese día. Creen los empleados que fue una equivocación de algún proveedor, o vaya a saber. Pero algo estaba claro, NADIE, iba a llevarse esa maravilla de la tecnología fuera de los dominios de la cocina de la división contaduría. “Quién quiere café?”, consultó al resto, con una masiva aprobación. “Es el expreso más rico que he probado”, fue la conclusión generalizada de todos los compañeros de trabajo. “¿Es café de Brasil?” consultaban... “Qué raro!, no sabía que había café tan bueno ahí”.

La cafetera eléctrica fue la última buena noticia. Las semanas siguientes fueron para el olvido. A la heredera de la Lexicon 80, se le enganchó un anillo a la máquina de escribir, y hubo que llamar a los bomberos. Un gran susto, pero... al flamante dueño del Renault 12, le fue sustraído el estéreo, a pesar de haber tomado el recaudo de poner el calco de “Sin estéreo”, comprado en Warnes. Se descubrió que la rubia de las calas, se decoloraba. Al joven Rubén, en una reducción de personal, se le rescindió el contrato... “Volvés a la facultad” sentenció su padre, acatando éste la orden. Y así fueron suscitándose toda clase de desgracias en aquella oficina.

Eran tantos los infortunios, que los compañeros de trabajo se reunieron en la cocina para discutir la cuestión. “Viejo, algo está pasando acá, ¡¡no puede ser tanta mufa!!” planteó más de uno. Berta, de maestranza, pidió la palabra: “Hace mucho que trabajo acá, y vivo limpiándoles la mugre. TODOS USTEDES son unos vagos. Nadie lava. Entonces dejé solamente una taza limpia, durante unas semanas. Y por no mojarse, todos usaron la misma. Y esa taza, era la... DE ORDOÑEZ”.

Todos los asistentes voltearon a mirar una vieja taza de cerámica que rezaba “RECUERDO DE BRASIL” ... “Con razón tanta mufa” concluyó la muchedumbre mientras se disponían a dejar todo en condiciones. Mientras tanto, Berta se maquillaba para encontrarse con su novio. En el bar de la esquina, Ordoñez la esperaba con un ramo de Calas. Iban a festejar una venganza.

 

 

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