

Por Raúl Bermúdez
Reiniciamos nuestras publicaciones, luego del acostumbrado receso de verano, recordando a dos jóvenes de los barrios populares del área Reconquista de José León Suárez, a quienes la muerte los alcanzó en el mes de marzo, en años y circunstancias diferentes. Pero los une un mismo origen de marginación y resistencia. Diego asesinado cuando en la basura buscaba la forma de tener zapatillas para empezar el colegio. Esteban falleciendo tempranamente cuando su vida había encontrado sentido en el ejercicio de la educación popular.
Diego Duarte tenía 15 años en el 2004 y era vecino del barrio Costa Esperanza. Durante la noche del 15 de marzo de ese año ingresó junto con su hermano mellizo al predio de la empresa Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado (CEAMSE), en José León Suárez, para buscar entre la basura metales para vender y con eso comprar zapatillas ya que comenzaban las clases en la escuela. Nunca más apareció su cuerpo.
Según el testimonio de su hermano Federico, dos policías de la provincia de Buenos Aires, que custodiaban el lugar, lo persiguieron. Diego se escondió tras un montículo de basura y allí recibió la descarga de un camión volcador de la empresa, quedando así sepultado bajo la montaña de desperdicios. “Sin cuerpo no hay delito” argumentó en su momento el fiscal a cargo.
La investigación realizada por la periodista Alicia Dujovne Ortiz fue publicada como libro con el título “¿Quién mató a Diego Duarte?”. Inevitablemente nuestra conciencia asocia este historia trágica con las célebres obras del escritor y periodista Rodolfo Walsh: “¿Quién mató a Rosendo?” y “Operación masacre”, aquella novela de no-ficción sobre los fusilamientos en otros basurales y en otros tiempos, también en José León Suárez, donde hoy se alza un complejo municipal que incluye natatorio, escuela de artes y el anfiteatro “Hugo del Carril”.
Walsh, militante peronista asesinado y desaparecido como el pequeño Diego, aunque en circunstancias históricas y materiales diferentes, y del Carril, artista y creador popular, compositor y principal intérprete de la Marcha Peronista, los basurales como medio de subsistencia y a su vez como escenario de muertes violentas. Todo confluye y se entremezcla de modo fantasmal en nuestra memoria histórica.
Alicia, la hermana mayor de Diego y Federico, encabeza la lucha por la memoria y la justicia. Por ello impulsó la creación de un centro cultural, que lleva el nombre de su hermano desaparecido. Las organizaciones populares nucleadas en la “Mesa Reconquista”, acompañan y sostienen esta lucha.
Recomendamos ver el micro video realizado por estudiantes y docentes de la Escuela Secundaria Técnica de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) https://youtu.be/zGn8e3bjDQk?si=nbSshebmMp9LJjul un despliegue de plasticidad corporal y estética de la imagen, que en menos de dos minutos nos interpela y llama a no olvidar.
Esteban Pogonza falleció muy joven un 13 de marzo del año 2016, según nos lo recuerda Mario Escalante, docente de la Escuela San Martín de Porres, del barrio de Villa Hidalgo, donde lo conoció. Hijo de una familia pobre y numerosa, a la que conocí de cerca, lo recuerdo de pibito correteando por los pasillos de la villa, yendo al colegio en el que, con los años, integraría su cuerpo docente.
El territorio del Área Reconquista fue su habitat. En el creció y aprendió a aguantar y resistir la dureza y la inclemencia de la vida castigada por un sistema social injusto. Reconvirtió su adversidad en solidaridad militante. Militancia sonriente, porque como decía el inmenso pensador nacional, don Arturo Jauretche: “Nada grande se puede hacer con la tristeza”.
Trabajó también en el centro juvenil que lleva el nombre de “Carlos Murias”, un joven fraile franciscano que desarrolló su trabajo pastoral en el barrio Independencia de José León Suárez y luego en La Rioja, donde fue secuestrado y asesinado por fuerzas policiales y militares en 1976. De nuevo las historias juveniles se entrecruzan, entre la vida y la muerte, a pesar de las distancias en el tiempo.
La última vez que vi y abracé a Esteban, fue en un cruce fortuito por las calles del barrio de la Cárcova. Desde FM Reconquista, su coordinador general, Rafael González me avisó de su muerte repentina. Ambos lo vimos crecer en todos los sentidos del verbo. Al tiempo, la compañera Mónica Valor, referente de la obra del padre Adolfo Benassi, en una visita al centro Murias, me entregó una especie de "estampita" con el rostro sonriente de Esteban.
Mario Escalante escribió en su memoria:
El Milagro Inesperado en el Desierto de la Humanidad
La Realidad Ineludible
La muerte es un absurdo constante en nuestros barrios. A veces, su sin sentido se viste de argumentos ilógicos en el equipo de salud; otras, se manifiesta en sentencias apresuradas del barrio tras el último adiós. Y en demasiadas ocasiones, simplemente se instala como un vacío que se niega a ser llenado. Sí, la muerte es absurda en nuestros barrios.
La Esperanza Encarnada en Esteban
Frente a esta realidad, Esteban fue, es y será la posibilidad de un milagro para nuestros pibes. Mientras el conurbano sigue golpeado por la dureza policial y los estruendos de la economía, Esteban representaba ese abrazo, ese gesto de cariño en el desierto de la humanidad. Esteban era ese milagro en el que todos apostamos, aunque muchos no lo viéramos. Nacido en Villa Hidalgo, criado en la zona Reconquista y algunas noches profundas en Capital.
Lo vi recorrer Costa Esperanza y saludar a la gente como un amigo fraterno que se encuentra todos los días.
El Encuentro y la Lección
Me acerqué a una persona que él acababa de saludar y le pregunté: "¿lo conocés?¿Conocés su historia?". "Desde chiquito", me respondió. Ahí esta el antes que la propuesta educativa. Ahí reside la felicidad, en ese milagro donde la esperanza, aunque cansada, resurge: la certeza que nuestros pibes pueden surgir como felicidad para otros. Esteban era un educador popular que, habiendo crecido en los barrios y con poco, había encontrado su lugar y formado su familia. En los pasillos del colegio, nos enseñaba la alegría y la felicidad de seguir intentando, siempre con maneras creativas y originales.
El Despertar del Educador
Yo, como educador popular, entendí mi verdadero rol al regresar al barrio. Ya no era una excursión momentánea para un saludo familiar; ahora, cada mañana al ir a trabajar, me asaltaban pesadillas sobre lo que encontraría, o soñaba únicamente
con pequeños gestos milagrosos.
El Legado
Cuando finalmente me encontré con Esteban, él ya me había encontrado a mí primero. Se daba cuenta de que mi alegría estaba ahí, latente, sin que yo lo supiera. Solo hacía falta provocar para que el pibe de barrio, el educador popular, emergiera en gestos de ternura. Esteban era ese tipo de educador que necesitamos, el que queremos recordar para construir, juntos, mundos más justos.

