UN RECUERDO DE BRASIL Y LAS CALAS DE LA VENGANZA

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Colaboración literaria de Emiliano Vallejos

Nadie va a extrañar a ese tipo. Su aspecto desgarbado, su prominente joroba, y ese caos capilar en las regiones de su cabeza donde, aún, no había ganado la alopecia. Según las mujeres, olía mal. Para los hombres, “es mufa”. Y esa mirada fija, “de asesino serial”, que incomodaba a todos en aquella repartición pública. Por fin, habían echado a Ordoñez.

Esto es un asco”, comentaba la joven empleada que había heredado la Lexicon 80 del cesanteado personaje, cuyas teclas estaban pegajosas de suciedad, “¿Cómo hacia ese tipo para escribir con la maquina así?”, consultaba al resto.  Ya no nos va a contar sus brujerías, ¡qué suerte!”, exclamaba otro. Claro, Ordoñez, con una chirriante voz, similar a la bisagra de una puerta sin aceitar, solía, sin que nadie se lo pida, hablar sobre ocultismo, rituales extraños, y un viaje a una aldea del Brasil profundo, que había realizado en su juventud, para iniciarse en vaya a saber qué cosa rara.

Es preferible prender fuego el despacho y que se purifique todo, ¡que mugre!”, comentaban por allí. “Encima un desubicado, ¿quién le dijo que tenía chances conmigo?”, se preguntaba indignada una despampanante rubia con más curvas que las rutas misioneras. Ella supo reírsele en la cara, cuando Ordoñez se le declaró con un ramo de calas... “¿Podés creer que el ENFERMO, me trajo CALAS, como a los muertos?”, completaba el relato, y una carcajada generalizada invadía aquella oficina.

Los días y el recuerdo -además del hedor del despacho en desuso- se fueron disipando. Ordoñez, ya no era tema de charla, paulatinamente fue reemplazado sobre si era conveniente un Renault 12, para una familia en proceso de agrandarse, o sucumbir a los encantos de una Coupé Taunus roja, el monólogo de Tato Bores de los domingos por la noche, cambios de pareja, o lo buena que estaba la pasante que mandaron de otro ministerio.

Hacía muy poco que Rubén estaba en aquella oficina. Era su primer empleo. Era eso, o estudiar, y la verdad es que los libros no le gustaban. No le molestaba llevar y traer expedientes de un piso al otro. Los jefes estaban contentos con él, porque era rápido. Antes, dicen, había uno que era un personaje inútil y bastante siniestro. Pero eso ya no importaba, ahora, estaba él.

Como en todo lugar de trabajo, la cocina o área de descanso de los empleados cumple un rol fundamental. Reuniones informales que podrían derrocar imperios, se desarrollan en espacios similares, con un actor de reparto fundamental, el café.

Una mañana el joven Rubén, trasnochado por sus aventuras juveniles, se dispuso a preparar la cafetera que había llegado de regalo ese día. Creen los empleados que fue una equivocación de algún proveedor, o vaya a saber. Pero algo estaba claro, NADIE, iba a llevarse esa maravilla de la tecnología fuera de los dominios de la cocina de la división contaduría. “Quién quiere café?”, consultó al resto, con una masiva aprobación. “Es el expreso más rico que he probado”, fue la conclusión generalizada de todos los compañeros de trabajo. “¿Es café de Brasil?” consultaban... “Qué raro!, no sabía que había café tan bueno ahí”.

La cafetera eléctrica fue la última buena noticia. Las semanas siguientes fueron para el olvido. A la heredera de la Lexicon 80, se le enganchó un anillo a la máquina de escribir, y hubo que llamar a los bomberos. Un gran susto, pero... al flamante dueño del Renault 12, le fue sustraído el estéreo, a pesar de haber tomado el recaudo de poner el calco de “Sin estéreo”, comprado en Warnes. Se descubrió que la rubia de las calas, se decoloraba. Al joven Rubén, en una reducción de personal, se le rescindió el contrato... “Volvés a la facultad” sentenció su padre, acatando éste la orden. Y así fueron suscitándose toda clase de desgracias en aquella oficina.

Eran tantos los infortunios, que los compañeros de trabajo se reunieron en la cocina para discutir la cuestión. “Viejo, algo está pasando acá, ¡¡no puede ser tanta mufa!!” planteó más de uno. Berta, de maestranza, pidió la palabra: “Hace mucho que trabajo acá, y vivo limpiándoles la mugre. TODOS USTEDES son unos vagos. Nadie lava. Entonces dejé solamente una taza limpia, durante unas semanas. Y por no mojarse, todos usaron la misma. Y esa taza, era la... DE ORDOÑEZ”.

Todos los asistentes voltearon a mirar una vieja taza de cerámica que rezaba “RECUERDO DE BRASIL” ... “Con razón tanta mufa” concluyó la muchedumbre mientras se disponían a dejar todo en condiciones. Mientras tanto, Berta se maquillaba para encontrarse con su novio. En el bar de la esquina, Ordoñez la esperaba con un ramo de Calas. Iban a festejar una venganza.

 

 

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