MARCELINO, EL BARDO DE SATÁN

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Colaboración literaria de Emiliano Vallejos

“Marcelino, Marcelino,

Que haces daño y tomas vino”.

Marcelino era un joven de una importante familia nobiliaria. El mayor esfuerzo que había realizado en su vida, había sido el de respirar por primera vez  cuando nació. Suena despectivo, pero es  la verdad. Sus días pasaban entre borracheras y mujeres. En las peleas de taberna, cuando iba perdiendo, clamaba por ayuda a los esbirros de su padre, que lo protegían. Bastaba que Marcelino chasqueara los dedos, para que alguien le entregara el mundo por el solo hecho de ser él. ¿Qué clase de respeto hacia el prójimo y culto a la responsabilidad podía tener un personaje así? Ninguno.

Su padre había encomendado a un experto en esgrima enseñarle las artes del manejo de la espada, pero éste llegaba ebrio, o directamente no asistía a las clases. Estaba acostumbrado a que una espada apareciera de la nada y ensartara de una estocada, a quien le planteara un antagonismo ¿Para qué hacer algo que alguien realizará por mí? Era su lógica. Marcelino era un dolor de cabeza para su familia.

Intentaron darle la gestión de asuntos familiares y terminó dilapidando grandes sumas de dinero y bienes. Al joven le gustaba jugar a las cartas. Su padre, harto de la situación, creyó conveniente que, al menos, su hijo le sirviera para lograr alianzas con una familia de mejor posición, casando a Marcelino con la hija de éstos.  Acostumbrado a tomar cosas sin permiso, el joven intentó propasarse con la muchacha, generando un escándalo total en la comarca.

Tras aquel aberrante accionar, una  sombra amenazante se erigía ante la familia de Marcelino. Su padre, tomando cartas en el asunto, expulsó de la casa al muchacho, y el joven, se vio obligado a huir de la ciudad, ante la intensa búsqueda que se desató sobre él por aquella afrenta cometida. Por primera  vez en su vida, Marcelino, se veía obligado, a  valerse por sí mismo.

Las dificultades de un inútil despreciable:

Marcelino empezó a caminar. Llevaba un saco con su fina ropa, digna de un miembro de la nobleza. “Un señor de mi alcurnia no debe andar de harapos”, solía repetir. Atada al cuello, una bolsa con monedas, bastante pesada. Se la había dado su padre, deseándole las mejores de las suertes a aquella calamidad hecha ser humano.

En un cruce de caminos, el joven se sentó a maldecir su suerte. No podía concebir que le haya pasado semejante cosa ¡justo a  él! que era una importante personalidad de la ciudad. Tras unos matorrales, escuchaba Varos, “el gitano”, un timador de los caminos, que encontró su oportunidad.

Buenos días, gran señor ¿qué hace una importante presencia en estos sucios caminos, entre tanta gentuza despreciable?”, interrogó el gitano a Marcelino. “¡Oh! si supiera, el destrato al que me han sometido….” El inocente Marcelino, compartió su distorsionada versión de la realidad y una  despreciable justificación de sus actos. “Lo más preocupante, mi señor, es ¿de qué va a vivir ahora que lo han expulsado de su legítimo lugar de pertenencia?, interrogo el timador.

No lo sé. Aborrezco las tareas manuales. Esperaré a que mi padre entre en razón, y deje de creerle a aquella zorra”. Respondió el despreciable noble venido a menos.

Tengo algo para usted, digno de su alcurnia. Un elemento maravilloso, gracias al cual, nunca tendrá que trabajar. Me lo dio un viajero, venido desde muy lejos. Una maravillosa caja de madera, mágica. Como soy un simple gitano, no funciona para mí. Si usted coloca una piedra dentro de ella, y espera tres días, la sacará convertida en oro. Como usted es de sangre noble, le será de mucha utilidad. Lamento mi condición de impuro plebeyo errante, ¡Qué gran porvenir hubiera tenido, si no fuera un hijo bastardo de una tribu sin tierras, un caminante sin hogar!... imagínese ¡CREAR ORO EN SOLO TRES DIAS!!!!... sólo le pediré, para poder continuar mi penoso viaje por esta comarca, esa pequeña bolsa de monedas que cuelga de su cuello… total, usted en tres días, tendrá todo el oro que quiera, en cambio yo, quizás un poco de sosiego en alguna taberna con unas cuantas monedas….

Marcelino, maravillado con la caja, entregó la bolsa al gitano. Y puso una piedra en el interior de la caja. Y sentado en aquel cruce de caminos, esperó tres días. Al abrir la caja, encontró, la misma piedra, que había levantado del camino. Pensó en perseguir al maldito gitano, pero… habían pasado 3 días. Ya debía estar en una distancia que, a pié, era inalcanzable.

Marcelino, angustiado, comenzó a vagar. Y encontró un lago. Donde una hermosa joven campesina, de larga y roja cabellera lavaba algunas prendas en la orilla. Acostumbrado a tener todo lo que quería en este mundo, inmediatamente, se acercó a ella, con las más perversas intenciones.

Oh, gran señor, espere… qué gran honor para mí complacerlo, pero… nademos un rato primero…” le dijo aquella preciosa joven. Marcelino se quitó su ropa y se arrojó inmediatamente en aquel espejo de agua. Al buscar con la mirada a la joven, pudo ver como esta se alejaba corriendo, muñida de su bolsa, con sus finas prendas de seda… quedando completamente solo y desnudo.

Maldiciendo, a los gritos, no hallaba consuelo. De golpe, de la nada misma, apareció la figura de un hombre vestido con finas ropas, que lo miraba, con una sonrisa burlona desde la orilla. “Salga de ahí, vine a verlo. Anda necesitando hablar conmigo”. Le dijo. “Quién es usted?” preguntó el joven.

Me conocen por muchos nombres. En esta parte del mundo, me dicen el diablo. Eres un imbécil. Torpe. Malvado, sí. Pero torpe. A un punto desesperante. No sirves para nada. Nada sabes hacer. Te daré ropas, y un oficio. Y anunciarás mi llegada. Ese, será tu trabajo”.

Marcelino se halló, seco. Fuera del agua. Vestido con ropas de seda,  un harpa (*), y una voz angelical. Satanás, lo había convertido en un bardo (**). Para anunciar su llegada. Estaba maravillado con su nuevo empleo. Tocaba el harpa con una sensibilidad digna de un genio. Su voz, era la de un gorrión en primavera. El joven bardo, comenzó a vagar por la comarca, de pueblo en pueblo. Conquistando mujeres con su cantar angelical, y cautivando a importantes señores con su pericia a la hora de ejecutar su instrumento musical.

 Acostumbrado el muchacho, a resaltar su importancia y posición social, en sus composiciones musicales remarcaba que era amigo del ángel caído, y que éste le había dado una importante misión que cumplir. Y por supuesto, todos debían arrodillarse ante él en su carácter de enviado de Satán, y alabar su hermosa voz. Básicamente ese era el mensaje de sus canciones.

Además, por supuesto, de mechar entre tanta “autoreferencia”, que  el diablo tenía como plan apoderarse de la humanidad, y que su venida era inminente ¡Ah! y que se cuidaran de no hacerle caso a él, porque Satán era su amigo…

Marcelino estaba armando tal revuelo en aquellas tierras, que los nobles y la iglesia decidieron tomar cartas en el asunto. ¿Quién era ese loco que hablaba de su poder y de Satanás, y que maravillaba a todos los que lo escuchaban?... un hereje, sin dudas, un hereje, al que las llamas, deberían purificar…

El juicio a Marcelino fue quizás, el más rápido que se ofició en aquel lugar. Básicamente el muchacho exigió ser liberado y que el inquisidor se arrodillara ante él, so pena de arder en las llamas del infierno, ya que el mismísimo Satanás vendría a defenderlo.

De mas esta decir, que nadie se apersono a encarar la defensa del imputado. Marcelino no perdía las esperanzas, mientras era atado a un tronco, e iban preparando la gran fogata. Miraba entre la muchedumbre para ver donde estaba su mentor. Aquel hombre de finas ropas de seda, que lo había rescatado de su desdicha en el río, luego de ser víctima de tantos atropellos a su alcurnia. Nada. Su “amigo” brillaba por su ausencia.

El joven amenazaba a todos. “Ya viene por mí, y arderán en el infierno”. El vendrá y conquistara la tierra y ustedes habrán de obedecerme. El público allí presente atestigua que nunca habían visto a alguien decir tantas estupideces, a la hora de morir calcinado. El bardo de Satanás, maldijo a todos hasta que fue consumido por las llamas de la purificación.

Al ser amigo de Satanás, no fue recibido en el cielo. Al llegar a las puertas del infierno, se le entrego una nota en mano, diciendo: “IDIOTA. DEBIAS ANUNCIAR MI LLEGADA. NO REVELAR TODOS MIS PLANES A LA HUMANIDAD. NO ERES BIENVENIDO”.

Cuentan los viajeros del camino, que se suele ver, en fechas cercanas al juicio del bardo de Satán, un espíritu burlón, desagradable, que muñido de un harpa, canta a viva voz, lo grande que es, y que todos deben arrodillarse ante él, esto siempre por las noches.  Los viajeros sabios y valientes, optan por seguir de largo y no escuchar, a ese estúpido fantasma, rechazado en el cielo y el infierno, condenado a vagar por el camino y a cantar todo tipo de sandeces.

 

  • Nota de la Redacción: (*) El harpa eolia o harpa eólica es un antiguo instrumento musical de cuerda similar a la cítara, con un número variable de cuerdas (de seis a ocho) de igual longitud y diferente grosor, que se hacían sonar al roce de una corriente de aire.

(**) Un bardo, era la persona encargada de transmitir las historias, las leyendas y poemas de forma oral además de cantar la historia de sus pueblos en largos poemas recitativos.

 

 

 

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